Una ciudadana del común no protesta

En la mitad del camino de mi vida, cuando lo que he vivido es más de lo que me queda por vivir, decidí un día organizar mis cosas: mi memoria, mi casa, mis papeles y mis libros; dar, donar, ofrecer o botar todo aquello que ya no me significaba. Me dispuse a preparar el futuro que me queda por delante.

Un día, me levanté y llamé al Seguro Social para preguntar sobre cómo obtener mi historia laboral. Tengo varias amigas que están buscando su jubilación y al solicitar la historia laboral se encuentran con que les falta unas semanas o meses que sí trabajaron, pero que los funcionarios del Seguro, a quienes les pagamos por eso, no registraron los pagos, así que ellas tienen que demostrar que sí trabajaron. Yo, para evitarme ese contratiempo en un momento en que quisiera que todo fuera rápido y fácil me dije: “pues mija, a solicitar la historia laboral desde ahora y si hay inconsistencias tengo 10 años para solucionarlas.” Por teléfono supe que las historias laborales sólo las entregan los martes de 8:00 a.m. a 12:00 m. Así que me dije: “tengo que ir preparada para dedicarle toda la mañana al asunto”.

Hoy martes, salí muy temprano para el Seguro de Bellavista con la idea muy clara de que tenía que hacer cola y tener paciencia. Tomé mi libro de lectura; un hábito que he adquirido en mi vida de adulta y que me hace sentir que todo ese tiempo que transcurre mientras hago cola en un banco o en una oficina del gobierno no es tiempo perdido, que yo, en mi condición de ciudadana del común, le regalo a las entidades financieras o al Estado que además no se lo merecen.

Desde donde vivo, en el sur de Cali, tengo que tomar una buseta que hace un largo recorrido por el Suroeste de la ciudad antes de llegar a Bellavista, así que en la buseta también voy leyendo. Bellavista es un sector de Cali que se encuentra al Oeste entre las primeras montañas que inician la cordillera Occidental. Antiguamente, fue una zona residencial, de casas solariegas y vegetación abundante, en la actualidad hay un poco de todo como en casi toda la ciudad, las casas solariegas, los edificios traquetos y las casas de los ciudadanos del común unas más desvencijadas que otras.  La sede del Seguro Social que allí se encuentra es un inmenso edificio oficial con todo lo que eso implica.  Desvencijado como las casas pobres.

Las oficinas del Estado son lugares bien particulares donde es posible ver ese lado de la patria que no se ve en la TV, ni en los centros comerciales ni en las iglesias ni en los restaurantes. Las personas que frecuentan las oficinas del Seguro son personas tristes, enfermas, locas, desesperadas, o ilusas como yo. Son personas despreocupadas por el atuendo y la figura, viven con lo que la vida les ha dejado y en la mayoría de los casos ni sospechan que podría haber sido mejor. No creen posible llegar a la mitad de la vida con todos sus dientes o con la columna recta o con los ojos brillantes y el pelo arreglado, no, ellos y ellas son lo que queda después de haber vivido una vida de trabajo, sin afeites y sin engaños.

Al llegar al Seguro hay que hacer una primera cola para preguntar dónde toca hacer la cola. Al iniciar la cola había delante de mí al menos 40 personas y una sola funcionaria ubicando a las y los ciudadanos del común. No falta en esos lugares los vivos-bobos que ronronean alrededor de la funcionaria para preguntar alguito entre uno y otro respetuoso colero. Todos ven lo que está pasando, pero nadie dice nada porque “así es la vida” o “una preguntica no es nada”, pero de preguntica en preguntica los minutos pasan y la paciencia se agota. De pronto alguien se despierta del letargo colero y decide protestar: “haga la cola como todo el mundo”, dice. Eso es suficiente para que se haga recordar la madrecita y todo lo demás y no falta en ese momento el ciudadano, hombre casi siempre, que se solidariza con el coleado y ataca al protestón. Desde tiempos de los españoles colonialistas nos han enseñado que el ciudadano del común no protesta, no reclama, sólo acepta lo que le toca. Así que de tanto aprendido la gente se aterra cuando alguien reclama. La cola sigue y al fin me toca el turno. “Señora, digo, qué tengo qué hacer para solicitar mi historia laboral”. “Solicite un formato en la fotocopiadora”, me contesta ella e inmediatamente mira a quien viene de tras de mí. Yo doy media vuelta sobre mí misma y busco la fotocopiadora que no veo por ninguna parte. Me devuelvo y con tono neutro, creo, le pregunto: “¿Y dónde queda?” Ella contesta: “debajo de la grada”. Una ciudadana del común agrega al ver mi cara: “por allí, donde está la cola.”

Salgo y recuerdo mi propósito de tener paciencia, me instalo en la cola, en esta cola había más o menos la misma cantidad de gente que en la anterior y de igual manera alrededor del único fotocopiador y de la única fotocopiadora el mismo grupo de vivos-bobos tratando de ver como saltarse la cola. En este momento siento que mi paciencia se está quebrando y pregunto si realmente tengo que hacer la cola, los coleros dicen que sí y una linda jovencita que acompaña al fotocopiador y le tiene la hoja, dice algo que creo entender es una afirmación. Sigo en mi cola hasta que ya no puedo más y digo: “Pero no hay más fotocopiadoras aquí, no es posible que sólo haya una para tanta gente”. Nadie me contesta, pero la linda niña me dice: “para formato no debe hacer la cola, ya le dije” Allí suelto mi parrafada: “pero es el colmo, una sola fotocopiadora, no es posible, y de quien es la fotocopiadora, cómo es posible que al menos no ponga otra y otra persona para manejarla” A todo esto sólo contesta el señor: “Eso no es asunto mío”. Mi pensamiento, ya girando en la neurosis se imagina que la fotocopiadora debe ser de algún alto funcionario que no deja que haya más fotocopiadoras para no dañarse el negocio y tiene a un pobre ciudadano del común, allí, haciendo todo ese trabajo y soportando la neurosis de algunos como yo que no aceptamos que la vida sea así.

Recibo mi formato y me voy a llenarlo, pregunto a diestra y siniestra qué debo hacer con el formato ya completo y nadie sabe, doy algunas vueltas por el lugar y tratado de buscar un funcionario, un orientador, alguien que me diga qué hacer con el formato. En ese momento recuerdo lo que alguien muy sabio me ha dicho: “Desde que se inventaron la vigilancia privada, los únicos que saben y están autorizados para orientar, informar son los vigilantes privados. No esperes nunca nada de un funcionario, esos sólo saben cuándo cobrar el cheque.” Me dirijo entonces al vigilante, ataviado con su elegante uniforme y su aterrador revólver y le pregunto: “Disculpe señor, ¿qué debo hacer con el formato lleno?” Él, que está informando a varias personas, me responde que debo sacar una fotocopia del formato lleno y de mi cédula y hacer la cola que está allá. Allá era un lugar al frente de las otras colas.

Recordando mis intenciones pacientes, regresé a la cola en la fotocopiadora donde ya había estado y traté de llegar hasta el final. En mitad del camino, me dije que tenía seguramente que haber otra fotocopiadora por ahí cerca y que la gente de pereza no iba hasta ese lugar donde seguramente había una fotocopiadora sin cola… miré hacia atrás y había un hermoso hombre detrás de mí de sonrisa pronta y le dije:” Señor, me cuida el puesto mientras voy a ver si hay otra fotocopiadora”. Él con su sonrisa permanente me dijo: “sí, claro, con mucho gusto”. Atravesé el patio del edificio y llegué a la portería donde había otro vigilante privado, bien ataviado, le hice la pregunta: “¿dónde hay otra fotocopiadora? – Más adelante, después del parqueadero.” El parqueadero es un terreno de más o menos 200 metros de largo, bordeado de un muro de ladrillo también desvencijado que termina en un lugar donde el andén se acaba y un enorme árbol cierra toda posibilidad de pasar sin tirarse a la calle. Una calle donde circulan muchos carros, motos, buses y busetas lo que hace el desplazamiento bastante peligroso. Después del árbol esperaba encontrar la otra fotocopiadora, pero no, no se veía nada a la vista. Un motociclista parado al borde de la calle me mira y me atrevo a preguntarle:” ¿usted sabe dónde está la fotocopiadora?”, él, seguro de sí me contesta: “allá en la última palma.” La última palma cuál sería la grande o la pequeñita. Recordando mis intensiones pacientes me dirijo hacia la última palma, la pequeñita, y miro hacia la derecha la única puerta posible pero no veo nada, sólo otra mujer en busca de lo mismo. Pero nada, en eso, el motociclista ya venía avanzando y me dice: “¡ah! El mono no vino hoy”.  Yo di media vuelta y volví a mi cola, busqué impacientemente mi hombre de sonrisa esplendorosa, pero ya no estaba, de manera incomprensible había desaparecido, No estaba por ninguna parte y me tocó volver a empezar la cola.

Finalmente, me dirigí a la última cola de la mañana ya terminando la lectura y las fotocopias en la mano. La cola era igual de larga que las otras y la gente igual de paciente, resignada, convencida que la vida de los ciudadanos del común es esa, no rezongar, no perturbar, no protestar. Gentes que encuentran magnifico pasar la mañana haciendo una cola y aprovechan el tiempo conversando y contando las desgracias de su vida a otras personas que seguramente en sus casas, si las tienen, no tienen con quien hablar.

Me faltaban dos puestos para llegar a la ventanilla cuando una señora me dice: “pero usted puede obtener su historia laboral por Internet, en la página del ISS.” Yo le digo: “pero, señora he ensayado toda la semana y no logro hacerlo, hay un momento en que no me deja acceder a la historia.” Ella muy querida me contesta: “Pero debe hacerlo el fin de semana y después de medianoche, si no, es lógico que no se pueda”. Yo me quedo en silencio, espero mi turno y le pregunto al funcionario: “¿Cuándo puedo recibir la historia? “Él me responde: “en 8 o 10 meses”. Me retiro de la cola y me digo para mí: “pues a lo mejor no recibo nunca esta historia laboral y esta mañana de agosto de 2008 será como si no hubiera existido. Efectivamente, la historia laboral nunca llegó.

Agosto de 2010

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