Habían pasado casi tres meses desde que, agotada por el palabrerío y el maltrato mutuo, había tomado la decisión de separarme del hombre con el que había vivido casi 25 años, cuando una querida amiga, preocupada por esta soledad repentina, ya inesperada, decidió traer a Moisés a casa. Moisés fue el nombre que le di, porque igual que el bíblico, había sido rescatado de las aguas que amenazaban con ahogarlo. El pobre, llegó preso en una caja de zapatos de la cual intentaba en vano liberarse y al abrir al fin la puerta de esa cárcel de cartón, salió corriendo y permaneció tres días debajo de la nevera sin permitir que nadie se acercara, resuelto a no dejarse atrapar. Ni los manjares más exóticos lo convencieron de dejar su refugio. Toda la familia vino a verlo, pues como en el caso de Ana, también bíblica, estaban aterrados de esta súbita maternidad ya pasando los 50. Pero, Moisés, aterrado de no saber lo que estaba pasando, no salió de su refugio.
Solo el tiempo, el hambre, la sed y las tiernas palabras que sin saber cómo fueron saliendo de mi boca, emocionada de contar con esta presencia en mi casa, lo hicieron salir y probar el agua fresca y el paté de salmón italiano que en mi arrebato de madre primeriza le había comprado. Fue un acercamiento lento, temeroso, sigiloso como deben serlo todos los acercamientos amorosos. Él se fue acostumbrando a mí y yo a él.
Hasta el día en que él llegó a casa, yo no sabía nada de gatos, ni de mascotas, nunca había pensado en compartir mi vida con criatura alguna que dependiera de mí. Pero Moisés llegó con esa mirada amarilla, redonda, asustada y se metió en mi corazón, en mi cotidianidad. Al tiempo empezó a venir a mi cama mientras yo dormía y se pegaba a mis piernas como buscando calor. Era una bolita de pelos blancos y grises tan pequeña y tan suave que nunca me atreví a obligarlo a bajarse, o a dormir fuera de mi cuarto. Él dormía donde quería, se echaba donde le apetecía y pronto mi casa se fue llenando de platos, de bañera, shampoo, remedios, pelotas, ratones y demás juguetes para gatos.
En las mañanas se quedaba durmiendo mientras yo me iba a trabajar y en las tardes me esperaba detrás de la puerta y maullaba de tal forma al verme que yo no podía hacer otra cosa que atenderlo, acariciarlo y jugar con él un buen rato. Ante mi ignorancia gatuna, decidí un día comprarme el libro gatos para dummis y hacer un curso rápido de autoformación en gatos. La vida fue corriendo y la dulzura de su compañía se me fue haciendo un bien muy preciado. Todo se fue adaptando a su presencia y él fue creciendo hasta convertirse en un hermoso felino, dotado de una de las colas más nobles que yo haya visto y de un pelaje que brillaba como la seda.
Solo una cosa atormentaba nuestra dulce convivencia. En las noches se paraba en la ventana del salón a mirar la oscuridad profunda que se extendía desde el patio hasta el horizonte infinito, la miraba con tal emoción y luego me miraba maullando como diciéndome quiero ir allá donde se acaba el horizonte; te amo, estoy feliz contigo, pero hay algo allá que me atrae, que me llama, no sé qué es, pero quiero ir, yo en vano le decía que no, que era peligroso, que en la oscuridad habían muchos fantasmas, ratones envenados, gente mala que no amaba a los gatos, que podía ser atropellado por un carro veloz… de nada valieron mis argumentos, Moisés que me amaba como a su madre, que se ponía en mi regazo y amasaba mi vientre en recuerdo de esa madre felina que un día lo dio de mamar, ese Moisés que solo comía el paté italiano que con esfuerzo compraba para que se sintiera feliz, no pudo resistir el llamado de su instinto animal y me convenció una noche de abrirle la puerta para ir a pasear…
Todo parecía ir bien, él salía y daba la vuelta por todos los techos de la cuadra, amigas y amigos lo veían en los alfeizares de las casas mirando hipnotizado la luna, la noche y las estrellas, pero siempre a la madrugada, cuando sabía que yo ya me iba a despertar llegaba maullando para recibir su ración de paté. Con el tiempo me acostumbré a sus paseos nocturnos y dejé de preocuparme ante la posibilidad de perderlo, a tener confianza en su afecto, en su amor por mí que lo haría regresar en las madrugadas.
Pero, una noche, la terrible noche, Moisés salió y no regresó, lo esperé una semana, dicen que a veces los gatos se van por varios días, pero que luego vuelven, pasaron 15 días y no regresó. Decidí ir a buscarlo, poner carteles con su foto y mis datos por si alguien lo veía rondar en las noches, pero todo fue en vano, Moisés no volvió. Una mujer mayor me enseñó una oración para hacerlo volver, yo atea que soy, la resé cada noche por 10 días para ver si mi pequeño peludo volvía, pero no regresó. De nada sirvieron las redes sociales, de nada sirvió salir a la media noche, a las tres de la mañana, a las cinco, recorrer todo el barrio llamándole incansablemente, Moisés no volvió.
La gente que sabe de gatos, me decía, no, eso fue que se remontó, yo me preguntaba qué sería eso, luego entendí que era su instinto salvaje que lo había llamado y que todos esos refinamientos que yo había inventado para él, en mi afán de retenerlo, no habían funcionado, que por más que había tratado de convencerlo de que estar conmigo en mi casa era lo mejor, así no pudiera correr detrás de las gatas en celo que a menudo escuchábamos maullar desde la ventana, su vida era mejor aquí que en esa oscura libertad donde en un segundo podía perder la vida.
No hubo calle en el barrio que no recorriera palmo a palmo buscando un rastro de él. Había desaparecido para siempre, no hubo cadáver, nadie nunca lo vio, como si nunca hubiera venido.
El próximo noviembre hará un año que Mocho, como terminó llamándose, desapareció, ya me he acostumbrado a su ausencia, he aceptado la voluntad de la naturaleza, no hay nada que la razón humana pueda frente a ese dispositivo que la naturaleza ha colocado en el ADN de todos los seres vivientes, Moisés se fue tal vez detrás de una hoja seca arrastrada por el viento de la noche, o tal vez detrás de un ratón callejero que atravesó la calle y lo puso frente a unos faros de luz que lo dejaron ciego y sin la posibilidad de protegerse, o detrás de una gata en celo que a pesar de su esterilidad lo animó a seguirla o tal vez de una señora que logró convencerlo de entrar en su casa y quedarse con ella, tal vez le ofreció un paté más fino que el italiano que yo compraba a alto precio convencida de que con ese gancho Mocho no se iría.
Pero, en verdad nunca sabré y eso es lo más difícil de aceptar por mi razón o mi ego, nunca sabré qué fue de él, como tampoco sabré qué fue del hombre que amé y que un día se fue. Ambos desaparecidos en la inmensa oscuridad de la noche.
Cali, octubre de 2015

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