¡QUÉ VIVA EL PROGRESO!
Hace algunos años compré un lindo apartamento en el barrio San Fernando Viejo, a tres cuadras del Parque del Perro y a una de la calle 5ª. Era la primera vez que me convertía en propietaria, después de pasar toda una vida pagando arriendo y haciendo trasteos. La ilusión de radicarme definitivamente en un lugar y de no tener que seguir moviéndome por la ciudad cuando ya tenía 50 años y estaba pronta a pensionarme era muy grande.
No era un apartamento nuevo, todo lo contrario, era viejo, en un edificio viejo, carente de ciertas comodidades modernas como el ascensor al piso y las zonas sociales. En relación a la primera, me decía que no importaba, que eso me permitiría hacer ejercicio y que entre mi compañero y yo, podríamos subir el mercado tres pisos. Era el apartamento 304. En relación a la segunda incomodidad, me resultaba muy cómoda, nadie sabe hasta que no lo ha vivido, lo que implica vivir en una Unidad Residencia de 7 torres de 7 pisos cada una, con zona social y piscina en el medio; es simplemente un infierno chiquito de día y de noche. Así que, la ausencia de zonas sociales me parecía regía.
Además, estaba feliz porque había podido encontrar un apartamento bueno, bonito y no tan caro en el barrio San Fernando viejo, un barrio que hace parte de esos espacios urbanos que aparecieron en los albores del siglo pasado cuando la modernidad entró al Valle y la ciudad empezó a crecer hacia el Norte y hacia el Sur. Un sector donde el clima es más suave que en el oriente, donde la brisa es más caleña que en el resto de la ciudad, donde los árboles todavía están presentes a pesar del progreso acelerado del pavimento. Era uno de los barrios míticos de la ciudad, donde quedaba el Club San Fernando, homenajeado por Lucho Bermúdez y su orquesta, era el barrio inmortalizado en Viva la música de Andrés Caicedo, libro que recoge todo el malestar de los jóvenes de estos barrios y de los del nortecito, que nacíamos de un sector social por primera vez urbano y con profesión, los que tuvimos entre 15 y 25 en los años 70. Era definitivamente el lugar donde quería envejecer o donde el destino me había ubicado para terminar la existencia terrestre.
Pero, la fatalidad que no tiene día ni hora, llegó y dio su designio divino. Todo aquello que se había planeado con mucha reflexión y sensibilidad no fue. El primero en sacar la mano fue el compañero, no sé por qué el hecho de ser propietario lo volvió tan apetecible, pronto se consiguió una amante y se fue yendo lentamente. Me di cuenta el día en que tomé conciencia que llevaba varios meses subiendo el mercado sola. Luego, lo que se fue con él fue la tranquilidad del barrio. A los dos años de estar aquí, en esta cuadra, vendieron la casa de al lado para construir una clínica de alergias. Ahora hay una clínica allí, que además es restaurante y Salón de eventos (en palabras claras: de fiestas), es decir que es un nuevo concepto de la salud, o de la restauración o de los eventos. Al año siguiente llegó, adivinen quién llego, el que llega a todas partes, como dios, el Superinter. Pusieron un Superinter en la esquina, en seguida de la clínica, restaurante, salón de eventos. A dos casas del edificio donde está mi apartamento.
Mientras la empresa moderna llamada Superinter demolía y reconstruía el edificio; la JAC, de la que hago parte, hizo todo lo que la nueva Constitución dice que hay que hacer para que no se vulneren los derechos de las ciudadanas de bien. Soy una ciudadana de bien, no robo, no estafo, no ofrezco ni recibo chanchullos, ni caimas, ni mitimitis. Nunca he atentado contra nadie, trabajo duro y gano poco, he estudiado y tengo muchos diplomas, he sido evaluada profesionalmente de manera muy positiva, pago, con esfuerzo eso sí, todas mis deudas, mejor dicho, mejor no se puede. Hago parte de la Junta comunal de mi barrio con el ánimo de trabajar activamente en la preservación del entorno donde compré mi vivienda. La compré en un lugar que según el POT (plan de ordenamiento territorial) es zona de preservación ambiental y patrimonial de Cali. Por lo tanto, aquí no se pueden construir edificaciones para comercios grandes que generen congestión, contaminación auditiva, vehicular, etc, etc, etc. Es decir, que según la ley, ni la clínica, ni el restaurante, ni el salón de eventos, ni el hotel que también hay, deberían existir en esta cuadra. Lo dice la ley, sabemos que no tienen uso del suelo y si lo tienen es fraudulento, así sea legal. Pero existen, allí están con todo el problema que generan a nuestro entorno vivencial.
Además de los problemas que ya he dicho, el restaurante y el supermercado tienen un gran problema de contaminación auditiva, ambos para su comodidad y libre actividad colocaron los generadores de frío de sus enfriadores en sus respectivos techos, es decir que lo que vemos primero desde nuestras habitaciones cada que no asomamos a las ventanas son los motores de dichos negocios modernos, pero no solo los vemos, también los escuchamos día y noche, a unos niveles de ruido insoportables. La clínica, cuya dueña también es una señora de bien y que afirma trabajar por el progreso de esta ciudad, aceptó insonorizar el motor del cuarto frío de su restaurante-clínica. Pero, al poco tiempo de ganar esta paz, llegó Superinter, con un motor mucho más poderoso, más moderno, de mayor progreso y lo puso allí, al lado de nuestras ventanas, donde dormimos. El ruido es infernal, es como tener un avión de guerra calentando motores todo el tiempo, aunque de día la cosa sea menos severa, pues se está despierto, en la noche hasta los gatos salen corriendo…
Decidida a hacer algo contundente, me vestí de doctora, me recogí el pelo y me fui a ver si el Dr. Vallejo, jefe de Ordenamiento Urbanístico de la alcaldía del Excelentísimo Dr. Guerrero, me recibía en su despacho, tengo que agregar que los miércoles es el día en que el Dr. recibe a la ciudadanía, me llevé el folder con todas las cartas, derechos de petición, usos de suelo, quejas al DAGMA, a Tránsito Municipal, con los boletines de prensa enviados al Diario El País, a Qui’ubo, con todo eso me posté en su oficina en el piso 11 del CAM, dispuesta a hacer respetar la Constitución y la ley. Pero el Dr. Vallejo no estaba. Su secretaría me llevó a hablar con el abogado, Dr. Ospina quien lleva el caso. Luego de esperar un poco, que atendiera a una señora, el doctor me recibió. Empezó allí un diálogo de sordos o de locos o de poliglotas confusos, no sé. Él me dijo que sí, que efectivamente él tenía el proceso y que estaba en “Instrucción y sustanciación del proceso que comporta allegar elementos probatorios que nos permitan tomar una decisión”, muy amablemente me explicó que esto quiere decir que los Srs. Del Superinter están allegando pruebas de la legalidad de su derecho a poner el Superinter allí, que el municipio no puede vulnerar sus derechos y que hay que esperar, que esto puede durar tres años, ¡tres!. Todo esto adobado con la sonrisa de sus hermosos dientes blancos. Yo, entre ingenua e irónica, le pregunté que mientras tanto qué, y que el POT y lo que el POT decía qué. Él sonrió socarronamente y me dijo que él no era dios para responder a esas preguntas: entiendo esto como, una cosa es lo que dice la ley y otra es lo que pasa, lo decía con su sonrisa blanca y sus manos recogidas en un lazo, como quien sabe que va a ganarse un premio.
El POT como toda ley en este país es un fetiche para hacernos creer que vivimos en una democracia, para que en las Naciones Unidas, en la Unesco, en Unifem crean que tenemos una democracia, lo dice el papel. Pero en la realidad, las ciudadanas de bien, sobre todo aquellas que no manejamos el poder económico, no tenemos derechos, ni siquiera el derecho a dormir tranquilas, sin ruidos extremos. Y no podemos hacer nada para cambiar esto, porque además, sí después de soportar años sobre años el maltrato por parte del Estado y de la gente bien poderosa, hacemos una acción colectiva, tapamos la vía, o manifestamos públicamente nuestro desacuerdo, nos tildan de terroristas, nos infiltran para que parezcamos terroristas, por eso, lo que hace la verdadera gente de bien, es desplazarse a otro lado, más allá donde el progreso comercial no haya llegado aún. Irse de su casa, a otra, más lejos del progreso. ¿Será eso lo que tengo que hacer? Y Dejar que el barrio San Fernando desaparezca de la memoria caleña, como tantos otros espacios urbanos, para que llegue el progreso, que nos es más que el progreso de las arcas de los que no tienen más memoria que sus acciones y sus cuentas bancarias.