La historia de la humanidad da cuenta de la importancia fundamental de la ciudad como lugar de la civilidad: la civitas, donde habitan los cives, los ciudadanos. En otras palabras, la ciudad es el espacio donde conviven los iguales ante la autoridad y la ley. No es casual que el título del gran poema épico, de Homero La Ilíada, derive de Ilión, otro de los nombres de Troya, llamada así por Ilo, su fundador legendario.
El origen de la ciudad se pierde en el horizonte de la historia no escrita, pero su esencia perdura hasta nuestros días. La ciudad ha sido y sigue siendo el lugar de la ciudadanía, donde los seres humanos se miran, se reconocen, y espantan el fantasma de la soledad. En ella se revela la magia de la conviencia el colectivo se comparten múltiples cosas, entre ellas, la condición humana. No obstante, la ciudad ha sido también escenario de desgracias, injusticias, violencias y degradación. En ella se puede garantizar el bienestar de sus habitantes, pero también se puede herir de manera fulminante la vida.
La ciudad ha sido, además, una poderosa metáfora utilizada desde tiempos remotos por artistas y escritores como escenario de sus visiones. Teólogos y filósofos la han convertido en símbolo de un lugar espiritual o metafísico donde reina el bien y la verdad. San Agustín, el gran pensador cristiano, imaginó La Ciudad de Dios, destinada a realizar el proyecto divino para los hombres. Por su parte, Aldous Huxley, en su distopía Un mundo feliz, recrea una ciudad donde no hay lugar para la espiritualidad.
En estas visiones, por opuestas que sean, las mujeres han sido representadas como seres de segundo orden, sin humanidad ni espiritualidad. Para San Agustín, las mujeres no éramos criaturas de Dios: éramos, según él, la causa del pecado de la lujuria que tanto lo persiguió y que lo llevó a refugiarse en la fe para contener sus arrebatos sexuales. Para Huxley, paradójicamente, el destino femenino no es muy distinto: las mujeres son representadas como meros objetos de deseo y placer de los hombres.
Es precisamente esta metáfora la que subvierten mujeres sabias para darse un lugar en el mundo. Teresa de Ávila, bajo el pretexto de explicar a sus hermanas lo que es la espiritualidad femenina y cómo descubrirla y habitarla, escribe su monumental Moradas o Castillo interior. En esta creación es evidente la transfiguración de la metáfora masculina. La ciudad de las mujeres está en lo más profundo del alma de cada una. Para habitarla, hay que iniciar un viaje hacia el centro de sí mismas, donde se encuentra la estancia más pura de la espiritualidad femenina. Para ello, hay que renunciar a la servidumbre patriarcal y abrazar la enseñanza materna que es la que nos da la libertad.