Cuando nací me llamaron Vilma, hace varias décadas. Vivo en la ciudad de los hombres y de la masculinidad. El sentimiento más profundo que tengo es el de no pertenecer a esa ciudad. Desde entonces he tratado de encontrar mi ciudad.
A los 7 años tuve mi primer desencuentro con la cultura. No quise confesarme ante un cura. Me parecía terrible contarle a un desconocido, vestido con una larga bata negra, unos pecados de los que no tenía ninguna consciencia. A los 10 amenacé a mi padre con irme de la casa si no me deja seguir viendo la televisión. A los 17 años, finalmente, me fui de la casa, de la ciudad, del país, de la cultura. La necesidad de huir de un lugar que sabía, sin saber, no era mi lugar, nunca me ha abandonado.
Con los años he aprendido que muchas personas, en particular mujeres, han sentido lo mismo y tomaron sus decisiones. Algunas se quitaron la vida, otras asumieron la locura como una realidad alterna para seguir viviendo en esa ciudad que no las acogía como seres humanos. Otras, más valientes o más cobardes, han tratado de transformar la ciudad. Han tratado de demostrar que tienen derecho a habitar la ciudad, han sido buenas hijas, buenas hermanas, buenas amigas, buenas amantes, buenas esposas, buenas compañeras, pero eso tampoco tuvo un tenido buen resultado.
En aras de lograr nuestro lugar en la ciudad de los hombres algunas asumimos los ideales masculinos de una mejor ciudad: libertad, igualdad y fraternidad, pero cuando pretendimos incluirnos en ellos, los mismos idealistas nos dijeron que no, que nosotras no tenemos esos derechos. Lo que muestran los hechos es que aún hoy, aunque no se reconozca, no somos ciudadanas con estatuto pleno de ciudadanía. Segregadas, oprimidas, histéricas, neuróticas, enajenadas las mujeres hemos vivido en la ciudad de los hombres.
Algunas hemos encontrado en la conciencia feminista una ciudad para existir. Somos herederas del mandato libertario que nos legaron nuestras antepasadas, en sus obras creativas como la prueba irreductible de su singular existencia. Ellas nos dejaron el camino trazado. Benditas sean todas ellas y las que vendrán.