Hace 25 años una hermana tuvo la loca idea de enamorarse y casarse con un súbdito de la corona sueca. Hace 25 años, nosotros, sus parientes del Tercer Mundo, vivimos el calvario de tener una parte de la familia en la lejana Suecia. Calvario que va desde lo económico; pues, nuestros miserables pesos, no alcanzan para nada en ese país, paradigma del bienestar y los derechos humanos; hasta el plano afectivo porque por más que hagamos esfuerzos monumentales para ir y venir, no siempre hemos podido estar todos juntos en aquellos momentos fundamentales que tejen los lazos familiares: grados, cumpleaños, matrimonios, nacimientos, divorcios y fallecimientos.
A pesar de todo, la unión familiar ha prevalecido y por mucho tiempo hemos logrado mantener un hilo delgado de comunicación, hasta que la conección ciberespacial vino en nuestra ayuda. Gracias a la Red ahora logramos conversar a varias voces, chismosear, llorar y hasta pelear por la pantalla. Incluso, las cosas insignificantes que pueblan la vida familiar como el crecimiento de los niños y de las niñas, la adopción del perro, la remodelación de la cocina, el cambio de las estaciones, el deterioro de la salud de los más viejos se tramitan por la pantalla a pesar de las caídas de la Red, que según la hermana se deben a la ineficiencia de la Red colombiana. Pero, una vez que se restablece la conexión, todo vuelve a la normalidad y reanudamos las visitas familiares, brindamos y bailamos a través de la Red.
Pero, hay acontecimientos que exigen la presencia física y, en ese caso, hacemos el esfuerzo para estar presentes. Si supiera la gente cuánto tiempo toma hacer el viaje y cuánto vale un tiquete aéreo hasta tan lejanas tierras. Muchos pesos y pocas coronas. Este año falleció nuestro padre y la hermana tuvo que venir de urgencia, sola. Sus hijos, los nietos añorados, no estuvieron en el entierro del abuelo, por eso fue necesario tomar muchas fotos para que de alguna manera ellos pudieran vivir ese momento trascendental.
Sin embargo, no es la nostalgia por la distancia entre Colombia y Suecia o el paliativo tecnológico el tema de este escrito. Es la abuela. El hijo menor de mi hermana, por ende, nuestro sobrino sueco, va a celebrar su confirmación a la fe protestante en seis meses. Esa no es la fe de sus abuelos maternos, católicos apostólicos y romanos hasta la médula, pero después de discutirlo por años, ya no nos importa tanto, la verdad, con tal que tenga fe, la que sea, estamos satisfechos. Resulta que la ceremonia de confirmación es un acto social que reviste gran importancia en Suecia, entre los protestantes, como la primera comunión entre los católicos. Teniendo en cuenta que toda la familia sueca va a estar presente, en traje de gala, en la celebración de este magno evento, ¿cómo no hacer el esfuerzo para contar con la representación de la familia materna? Por lo menos una persona de la familia tendría que desplazarse hasta el gélido norte para acompañar, brindar, festejar y salir en las fotos del recuerdo. Así que, después de muchas reflexiones, discusiones y presupuestos se decidió que tendría que ir la abuela, una mujer de 72 años, muy bien llevados eso sí. Algunos parientes se opusieron alertando sobre los riesgos que puede correr por su avanzada edad, “además, acaba de quedar viuda, nunca ha salido sola del país y está esperando la sustitución pensional, que oficialmente debía salir en 3 meses, pero está tardando más, a lo mejor le llega cuando esté bien lejos”, dijeron ellos.
Una vez logrado el consenso y ratificada la escogencia, procedimos a realizar gestiones logísticas para que la abuela pudiera viajar a Suecia y estar junto a su nieto el día de su confirmación y, de paso, acompañar a su hija que ya muestra signos de haber adquirido el síndrome de orfandad. Empezamos con el tiquete, la aerolínea, la ruta, las fechas, la maleta, los regalos, los documentos. Y es aquí donde la cosa va cambiando de una tonalidad multicolor a gris. La logística funcionó hasta cuando llegó el momento de sacar la visa, aquel ansiado permiso que debe tener todo colombiano para poder entrar a ciertos países. Cartas van y cartas vienen, formatos, fotocopias, fotos, certificados, etc., etc., etc. Todo esto para justificar que la abuela lo único que quiere es estar con su hija y sus nietos en un evento magnífico para fortalecer los lazos familiares.
Para que la logística funcionara tal como se había planeado se complementaron las actividades de los integrantes de la familia en Suecia y en Colombia. ¿Qué le tocó hacer a la hija? La hija que en todos estos años ha hecho de todo para asimilarse a la sociedad escandinava, cumpliendo con todos los rituales de una ama de casa tradicional como hacer pan, planchar las camisas de su marido, pelar papa, recoger frutillas del bosque para preparar mermelada sueca, limpiar constantemente la casa para mantenerla impecable, lavar los vidrios dobles de las ventanas, entre otros oficios, sin ayuda de nadie, y ahora asume la responsabilidad de escribir una carta a la embajadora sueca en Bogotá rogándole le conceda una visa a su madre. La hija escribe en sueco, lengua que parece imposible e inútil para los demás, pero que ella habla con solvencia, mediante la cual notifica que trabaja en Volvo donde es considerada una eficiente empleada y que la intención de su madre es asistir a la confirmación de su nieto.
Por su parte, la abuela hizo lo suyo, pidió ayuda a su hija bilingüe, funcionaria pública en Bogotá para que le llenara los formularios en inglés. Aunque la hija en un principio se quejó de falta de tiempo, finalmente accedió, todo para que el sobrino pudiera tener a la abuela el día de su confirmación. Más tranquila, la abuela organizó el folder con la documentación. Varios familiares con alguna experiencia en trámites engorrosos revisamos los papeles para que no faltara ninguno, para que nada de lo manifestado se prestara a confusión en la embajada, para que no le fueran a negar la visa por nada del mundo. Un familiar propuso enviar, como anexo, una declaración juramentada y autenticada ante notario, donde se pusiera en evidencia que no estamos mintiendo. “Somos personas de bien, honestas y trabajadoras, con el único problema en la vida de tener una hermana que hace 25 años se enamoró de un ciudadano sueco, y hasta aquí vino su paisano a perturbarnos la existencia”, decía la declaración propuesta por el familiar.
Pero nosotros, los miembros de esta familia, no formamos parte de esa élite global que va por el mundo sin rendirle cuentas a nadie, tampoco pertenecemos a las elites ilegales que trafican con personas, armas y cosas, y que también van por el mundo sin que nadie les diga nada, con visas, pasaportes diplomáticos y el beneplácito de todo el mundo, el mundo de aquí y el mundo de allá. Nosotros hacemos parte de la clase media global que todo lo que tiene y logra, lo consigue con trabajo honesto y esfuerzo sobrehumano. Que paga impuestos, que cumple con las normas sociales, que no tiene cuentas abultadas en los bancos y que para lograr que la abuela vaya a cumplir con su rol materno, tan ponderado en ambos mundos, tiene que hacer una “vaca” general. Todo con el fin de que el sobrino no tenga dudas de que tiene una familia del otro lado del mar, más allá del último bosque de pinos, una familia que lo ama.
Los papeles redactados en Suecia y en Colombia llegaron finalmente a la embajada en Bogotá, los llevó la abuela personalmente. Para ello tuvo que sufragar todos los gastos que ello implica, tiquetes de pasaporte, estadía, costo de solicitud de la visa. Con la seguridad de obtener una respuesta positiva regresó a Cali a esperar el documento, recordando en el trayecto los pormenores del enamoramiento de su hija hace 25 años. Descendió del avión con la satisfacción del deber cumplido y la ansiedad de la espera la llevó a hacerse las típicas preguntas del jugador de Baloto: ¿me la ganaré o no me la ganaré? Transcurrió no una o dos semanas, como se imaginó al comienzo de la aventura, sino un mes de espera, con tiquetes comprados, regalos, maleta hecha y todo lo demás.
Hasta que al fin llegó el correo electrónico de la embajada, un poco tarde en la noche, en el cual le rogaban que se comunicara por teléfono a primera hora de la mañana con la embajada sueca. La abuela se levantó temprano, un poco nerviosa, y se instaló en un sillón en la sala de su casa para efectuar la llamada. Llamó varias veces, sin éxito alguno, y temió un error involuntario. De manera que volvió a leer el correo y, efectivamente, decía que el horario de atención era de 8 a 9 de la mañana. Eran las 7 apenas. También decía que las llamadas solo se recibían los martes, y ese día era justamente martes. Así que la abuela insistió hasta que logró comunicarse con el secretario de la embajada. La respuesta la deja paralizada en su sillón y sintió que perdía el norte, que vagaba sin rumbo por tierras desérticas. Nos place informarle que no le ha sido otorgada la visa, dijo el secretario. Eso dijo y colgó, ni modo de pedir explicación, de disculparse por algún error cometido, de apelar con el primer ministro, nada.
Cali, julio 24 de 2011

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