Ese martes nos habían dado el día libre por compensación y no tuvimos que ir a trabajar. Era una mañana luminosa y alegre. Me quedé en casa disfrutando de ese tiempo libre inesperado. A media mañana hablé con mi madre por teléfono y acordamos almorzar juntas. Como no tenía prisa, me dije que era una buena ocasión para tomar el transporte público, un poco más lento, pero más económico. Salir a la calle sin afán me hizo sentir alegre. La convivencia con Ariel se había vuelto tensa y distante, así que, por esta vez, resolví sentirme tranquila y feliz.
Caminé hasta la estación Manzana del saber donde tomé el bus hasta la estación San Pascual donde haría un transbordo para empalmar con otro bus que me llevara cerca a la casa de mi madre. No le había contado nada sobre la difícil situación que estaba viviendo con Ariel. No quería angustiarla ni ponerla sobre aviso de una eventual crisis que parecía solo estar en mi imaginación, cada que le manifestaba a Ariel mi preocupación porque lo veía malhumorado y distante, él no pronunciaba palabra y se limitaba a negaba con la cabeza, negándome así la posibilidad de resolver mis dudas. Sin embargo, yo sabía que no podría soportar por mucho tiempo una relación en la cual era evidente que él ya no estaba interesado. Estos eran los pensamientos que ocupaban mi mente, mientras caminaba hacia la estación.
Hacía poco, había comprado un teléfono móvil que me permitía conectarme a una estación de radio para escuchar programas o música mientras caminaba o esperaba en una de las tantas filas que tenemos que hacer cotidianamente en la ciudad. Así que, apenas sentada en el bus, me puse los audífonos y sintonicé un programa de radio interesante. Al llegar a San Pascual eran las 12:30 pasadas y había que hacer esfuerzos para esquivar los ríos de gente que a esa hora invadían el lugar a toda prisa para lograr sus transbordos en el menor tiempo posible. San Pascual no es una estación periférica, sino todo lo contrario, una gran estación en pleno centro de Cali, como esos grandes aeropuertos donde llegan y salen aviones en todas direcciones, por lo tanto, me prepararé para bajar y hacer el transbordo sin pérdida de tiempo. Caminé hasta la puerta de embarque metida en mis audífonos sin escuchar al hombre que algún piropo me lanzaba, sin duda algo vulgar o impertinente, pero sin poder evitar que me apuñalara con su mirada lasciva. Me alegré de tener mis audífonos puestos y librarme así de escuchar sus impertinencias.
Ya en la puerta de embarque, me ubiqué detrás de las personas que hacían la fila para tomar el P30A que hacía la ruta hacia el Noroeste de la ciudad. Estaba tan ensimismada en mi programa radial que no se me ocurrió mirar quién estaba a mí alrededor. De pronto, el programa se terminó y el ruido de la ciudad entró de golpe por mis oídos. En ese instante, sentí la presencia de una mujer a mi lado izquierdo que me miraba fijamente, pero enseguida me di cuenta que no era a mí a quien miraba, sino a otras dos personas que se encontraban justo a mi lado derecho, sin pensarlo, giré mi cabeza hacia ese lado y vi a Ariel allí parado a un metro de distancia de mí, y entre los dos, ella, la pequeñita mujer de cabellos rizados y piel morena que sólo me dejaba ver su alborotada cabellera crespa. En ese momento ella le preguntaba algo así como “¿Que qué, que qué?”. Ariel, al cruzarse con mi mirada, se quedó pétreo, como una estatua, y no atinó a decir palabra. Yo no sé si fue que me quedé pasmada también o, tal vez, inconscientemente ya estaba preparada para eso. Sin pensarlo siquiera, dije “hola” en el momento en que Ariel empezaba a alejarse haciéndole gestos a ella con la mano para que lo siguiera, ella, que no me había visto, quizá no entendía la situación e insistía en su “¿que qué?”
Yo, deseando que llegara el bus para subir a bordo y desaparecer de inmediato del lugar, los vi alejarse. Ariel iba delante con su cara de espanto y ella, sin entender todavía la situación embarazosa, lo seguía. En un instante, un pensamiento cruzó por mi mente como un rayo en tiempo seco; no podía dejarla irse así, inocente de lo que estaba pasando. No le iba a hacer un reclamo ni un escándalo, eso no estaba dentro de mis posibilidades, pero como hacía tanto tiempo le venía diciendo a Ariel que yo presentía que él mantenía una relación paralela, que la pequeña mujer de cabellos rizados y piel morena, era sin duda su nuevo amor, cosa que él, como cualquier hombre machista, negaba rotundamente, me dije que tenía que hacer algo, si no a él, que se alejaba a pasos agigantados, sí a ella. Entonces la seguí y puse mi mano sobre su hombro, la llamé por su nombre, le dije, María ¿cómo está? Ella no se dio por aludida, no respondió a mi saludo, en su rostro no se dibujó ningún gesto de asombro. Su mirada indolente se posó en mí como el acto instintivo de una bestia que no entiende de angustias humanas. Le dije: “por qué no le dice que se vaya de mi casa, no crea que es porque yo no lo permito, no crea que es por mi causa, yo le he dicho que se vaya, que haga lo que desee, que conmigo no hay otro compromiso que el que genera el afecto. Si no se ha ido es porque no quiere”. Al terminar mi declaración me di media vuelta y volví a ocupar el puesto que había dejado abandonado en la fila. De mi boca no salió un suspiro, de mis ojos no salió una lágrima, me quedé congelada, era como si me hubieran propinado un disparo de nieve. Mis dudas se confirmaban, mis desvelos tenían una razón de ser. La sensación confusa de conocer la verdad y al mismo tiempo saber que no estaba equivocada, que mis presentimientos no eran producto de mi imaginación ni de una supuesta inseguridad, se agolpaban en mi mente y producían al mismo tiempo una sensación de dolor, pero también, de seguridad recuperada en mis percepciones.
El bus de la ruta P30A demoraba en llegar, yo seguía congelada allí sin mirar a ningún lado. De pronto, sentí aquella mano cálida que me tocaba y la voz de una mujer madura que me decía: “¿quiere un poco de agua?” Al girar mi cabeza vi un rostro de mujer curtida por la vida más que por el sol, que agregó: “¿los conoce?” yo respondí que sí. Ella me dijo que hacía rato el hombre me estaba mirando y que le repetía a la mujer algo que ella no alcanzaba a oír bien a causa del ruido del lugar, algo así como “es prima, es prima”, una alerta que la pequeña mujer no captó. Yo, tampoco había escuchado nada porque estaba con los audífonos puestos. En realidad, Ariel no estaba diciendo prima, sino Lina, ese es mi nombre. Cuando le estaba explicando a la mujer que no era su prima sino su compañera llegó el bus y subimos juntas, nos sentamos la una al lado de la otra. Ella me daba ánimo y me decía lo que siempre dicen las mujeres mayores y que nosotras las más jóvenes no queremos creer y decimos que son unas amargadas que creen que lo que les pasó a ellas nos va a pasar a todas. Ella decía: “todos son iguales, no se salva ni uno. No se preocupe, tiene que seguir su vida, todos los hombres son iguales y una termina por acostumbrarse.” Yo le respondí que sí, que así era, pero que yo no podría acostumbrarme y que para mí ese día termina un proyecto de 25 años que yo había considerado auténtico, a pesar de las numerosas dificultades que se presentan en la convivencia. Ella me miró con indulgencia y me aconsejó que esperara, que me diera tiempo, que todos eran así, que sí, que corrían detrás de todo lo que tuviera falda, pero que en el fondo nunca se iban de casa.
La mujer me contó su historia mientras el bus continuaba su ruta hacia la avenida Sexta. Su marido, después de 15 años y dos hijos, se había enamorado perdidamente de la hija de una vecina y se había ido con la muchacha. Desde entonces ella arreglaba pies y manos a domicilio y con ese oficio había sacado adelante a sus hijos. Sin saber muy bien por qué razón, le pregunté si ella volvería a vivir con el padre de sus hijos en caso de que un día él quisiera volver arrepentido y le pidiera perdón. La mujer, sin pensarlo siquiera, me respondió con un brillo inusitado en su mirada, que sí, que él sería siempre su esposo y el padre de sus hijos y que ella estaba dispuesta a perdonar porque conocía muy bien la naturaleza masculina. El bus ya se acercaba a la parada de la calle 27 donde tenía que bajarme, así que me despedí de ella agradeciéndole haberme acompañado en ese momento en el que mi vida había dado un giro radical.
Cali, octubre de 2012

Deja una respuesta