El exministro y actual candidato presidencial del partido conservador, Mauricio Cárdenas Santamaría, crema y nata de la añeja burguesía colombiana, tan aferrada al pasado colonial que aún juega a hacer creer a negros, indios y mestizos que son herederos legítimos de monarquías europeas y, por lo tanto, descendientes directos de Dios, tuvo un ademán grotesco en su gira por tierras de la costa.
Aceptó bailar champeta con una mujer afrodescendiente, al menos medio metro más baja que él. Su altura, signo de una infancia bien alimentada con calcio y proteínas, contrastaba con el cuerpo de la mujer que, en la escena, parecía atrapada en una coreografía desigual. El reel que circuló en redes sociales mostró lo inimaginable: el cachaco ministro, largo y rígido, doblado hacia una mujer que se aferraba a sus piernas en un movimiento frenético. Más que un baile, aquello parecía una lucha imposible, un David contra Goliat invertido, donde la fuerza no estaba en la piedra, sino en la mirada de quien observa con asco, disgusto y rabia.
Al principio, sin sonido, no comprendí que se trataba de un baile de champeta. Cuando entendí que era el exministro y candidato en campaña, en una región donde el conservatismo ha comprado votos por generaciones, la escena se volvió aún más repulsiva. Porque no era un baile: era un abuso simbólico. Un pupilo de las élites cafeteras, formado en Harvard, pretendiendo legitimarse en la cultura popular afrodescendiente, reduciendo a una mujer trabajadora a ornamento de campaña.
La maraña en blanco y negro que forman los dos cuerpos obliga a mirar con atención. Y cuando se entiende, se pasa de la risa al disgusto, y del disgusto a la rabia. Allí se cruzan las violencias de clase, raza y género: el largo ministro intentando acompasar sus piernas a un ritmo que no le pertenece, mientras la mujer encarna una identidad cultural que él jamás comprenderá.
La escena fue tan grotesca que el propio candidato pidió que bajaran el video y ofreció disculpas. Pero la disculpa no borra la violencia: la certifica. Porque lo que ocurrió no fue un baile, sino un abuso hacia la cultura popular afro, hacia el cuerpo femenino reducido a objeto de risa y burla, como las muñecas de trapo con las que bailan rebuscadores decembrinos en los semáforos.
La mujer, de quien no sabemos más, representa lo que somos las mujeres en esta cultura patriarcal: decorado, divertimento, recurso de campaña. Y una se pregunta: ¿por qué el ministro aceptó bailar champeta? ¿Por qué no dijo que no, que no sabía, que no podía? Porque le pareció banal. Pasa lo mismo cuando los hombres hablan de feminismo: hablan de lo que no saben y hacen el ridículo.
Lo grotesco no está en el movimiento de las piernas, sino en la violencia simbólica que lo sostiene. En la instrumentalización de una mujer afrodescendiente como recurso político. Es la arrogancia de un candidato que cree que puede apropiarse de una cultura que no se ha tomado la molestia de entender. Mauricio Cárdenas no baila champeta. Lo que baila es el viejo poder patriarcal, disfrazado de fiesta.
Cali, diciembre 5 de 2025

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